
Tener que transitar por la vida como si mi corazón marciano estuviera estupendamente. Cruzar las calles con la cabeza gacha.
Torcer una esquina, pateando una lata en la que veo reflejados unos ojos que me sobresaltan. Lanzar una piedra al vidrio que retrata su figura, desde lejos.
Mis días desde que me he sentido alejada del mortal que detuvo mi respiración. No, no. No. No puedo seguir pensando en él, en lo que podría haber sido y no será.
Es doloroso, lacerante, pasear por la multitud, simulando que no lo veo. Pero no es así. Nadie puede mentirse a sí misma, puedo fingir que todo está en orden, que mis pequeños triunfos diarios compensarán esta tristeza larvaria que me acompaña.
En Marte me recomendaron encerrarme en mi cascarón incandescente cuando los humanos me hicieran sufrir. Ese es otro término que vine a conocer acá.
"Igual que ayer, llovía tristeza, como estrella fugaz..."
(Mago de Oz )
Me conecto los audífonos, hago caso omiso del mundo e intento concentrarme en mi plan terrícola. Buscar conocerlos más, mediante la adopción de sus costumbres.
El estudio, actividad que realizo mientras debo permanecer camuflada, es una excelente herramienta para profundizar en sus miedos, sus esperanzas, su injusticia y su propia naturaleza. Y, claro, los sabios de mi planeta, no estaban de acuerdo con que una marciana se introdujera en estas aguas. Quizá ellos sabían que, además de las satisfacciones asociadas, venían desgradables sorpresas. El personaje que priva de sabor a mi comida.
Pronto tendré que embarcar hacia Júpiter. Quizá pueda olvidar, debo enfocarme en memorizar los términos jupiterianos, entre las actividades terrestres que tengo que ejecutar aún... u.u


