domingo, 25 de abril de 2010

Marcianita chocó la nave...

Decidida a dejar los sentimientos debilitantes, volví a mi rutina como marcianita infiltrada entre los terrícolas de fauces graves y cabezas gachas. Mi vitalidad extraterrestre comenzó a operar y la vida se tiñó de nuevas facetas lumínicas. Ver a mis amistades, distraerme y reír a raudales se tornó mi premisa del diario vivir.

Y ocurrió algo que no estaba previsto. Durante mi viaje a Júpiter, uno de mis amigos de la Tierra me apoyó muchísimo. Hace tres años lunares, aproximadamente, lo conocí. Justo cuando mi nave aterrizó y comenzó mi misión. Fue verlo, quedarme en sus ojos y saber que todo lo que había conocido, vivido o superado, tenía sentido. Que el camino me había empujado a encontrarle y olvidar lo malo, lo pretérito y nocivo.

Pasó el tiempo. Seguí descuidando mi misión clave, pues esa persona me hizo pensar mucho y replantearme fines. Mas, pasaba el tiempo y comprendí que él estaba sellando una parte de su camino, que como marciana de primer año de universidad poco o nada podia hacer para llamar la atención, siendo él un profesor asistente de cátedra. Y nos hicimos amigos, muy buenos amigos. De esos pocos con los que siempre he podido contar.

Hace pocos días (tengo la cifras tatuada en mis neurotransmisores orgánicos) me invitó a salir. Otro chico también me había citado y tuve que correr entre una cita y otra (en esta ciudad, estacionar una nave es imposible, así que tuve que valerme de los rústicos medios tradicionales del siglo XX). Mi amigo (llamémoslo XM.) me esperaba. Con una sonrisa y la luz del atardecer despidiéndose, para dejar la tarde en penumbras. Me había invitado al bar más caro de la ciudad. Al saludarlo, me dio un abrazo intenso que interpreté (según la codificación de mis transistores) como una muestra de cariño. Muy alegre, le seguí. Entramos, pide una mesa "para dos". La aventura se me estaba antojando divertidísima. Le hablé algo de mi viaje a Júpiter mientras él seleccionaba el mejor vino del lugar.

Fue una jornada extraordinaria. Nos reímos, conversamos, bromeamos. Él me habló de sus planes, de sus sueños, de sus metas profesionales y cómo quería organizar su vida. Yo lo escuchaba y matizaba la conversación con mis locuras.

Me llamó, poco a poco, la atención algunas salidas que tuvo. Me confesó que se conectaba a internet interestelar durante mi estada en Júpiter para saber cómo estaba, que escuchaba mi programa de radio el año pasado (de comandos espaciales y astrofísica extraplanetaria :S...un humano experto en litratura), y muchas otras atenciones que no le conocía.

Claro, yo iba en plan de amiga que va a pasar un buen rato con su amigo terrícola al que alguna vez amó , pero que desistió tras pensar que él no la querría nunca.

Se nos acabó el vino. Se hacía tarde y resultaba imperioso volver a la nave, para reportar a mi comunidad extraterrestre mi integridad intacta (mal que mal, este mundo es un tanto salvaje). Logré que él se bebiera casi todo el vino (mi naturaleza no permite ingerir ese tipo de sustancias aptas para humanos) y, alegremente, dejamos ese bar.

La noche estaba clara, la gente transitaba por las calles y teníamos un cielo cuajado de estrellas sobre nosotros. Miré en el cielo, intentando divisar mi planeta. Al bajar los ojos lo vi mirarme, con los ojos más brillantes que Alfa Centauro. "Debe ser efecto del vino", supuse, para mí.
Abordamos esa plataforma móvil que, como gusano metálico, abre su mandíbula y anuncia estación a estación. Llegada a la mía, tenía que cambiar. Él se ofreció, galantemente, a acompañarme.

Bajamos las escaleras una a una, conversando de trivialidades que ya ni recuerdo. No tardó en escucharse el sonido de mi próximo tren, así que comencé a darle las gracias por la velada y a despedirme. Me apresto a abrazarlo y darle un beso en la mejilla de prisa, pues el metro se acercaba. Mas, él no me soltó. "Dios, ¿qué pasa aquí?", pensé. El tren ya se perdía de vista y yo seguía atrapada por los brazos de XM.

No quise conjeturar nada.
No quise suponer qué podía estar ocurriendo.
Sería demasiado bueno para ser verdad.
¡Oh, Dios! Cuántos pensamientos se cruzaron por mi cabeza,
en cosa de minutos.

Con tono suave, le dije que me soltara. Como se le habla tiernamente a un niño o a un pequeño marciano que no quiere obedecer, me volví a despedir.

Levanté la vista. Hasta el momento, había evitado mirarle. No sabía bien por qué. Nunca supe bien "por qué" esa tarde fue así...ni menos, que acabaría así.

No duramos ni 5 segundos mirándonos. Fue un flash que barrió con las miradas e hizo que se borrara todo: el andén, la gente viéndonos, el próximo tren que venía, el reloj que avanzaba sin cesar.

Sólo éramos él y yo.
Él, entregándome un recuerdo imborrable.
Yo...cumpliendo un sueño que había guardado desde hace tres años.

Creo que ha sido el mejor beso de toda mi vida.
Nos besamos, dulce, suave, enérgicamente. Yo, creyendo que flotaba, que la gravedad se quedaba en cero. Mas, recuperé el dominio de mí. Me despedí rápido y escapé. No porque no hubiese querido quedarme eternamente viviendo y replicando ese momento.
Necesitaba pensar en ello y también darle a entender que no es fácil llegar y tomar lo mejor de mí.



Marcianita tiene la nave detenida. El choque de esa tarde me ha tenido desvelada, pensando, anudando cabos. Dándome cuenta de esta maravillosa sorpresa que la vida me tenía reservada.

Ese lunes, por la noche, comprendí y agradecí todo lo vivido hasta hoy. Todas las experiencias, caídas y logros fueron el camino para llevarme hasta ti, mi querido XM.

ME SIENTO EXTRAORDINARIAMENTE FELIZ :)

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