Hace un par de años, en Marte, conocí a un mercuriano. Habíamos vivido 150 años luz, éramos lo que en la Tierra denominarían "adolescentes",
Perdí la cabeza y las antenas por él. Mas, la kármica historia se diluía entre mis broncas familiares y su evasión. Jamás me dio seguridad, no me apoyó en ningún instante y todo, todo, terminó entre lágrimas e insultos (de mi parte), e indiferencia y crueldad (de la suya).
Sin embargo, debo reconocer que su presencia me hacía muy feliz, a pesar de todo.
Estos últimos días he pensado intensamente en él. Extraño su voz, su olor, sus chistes aburridos y sus silencios. Extraño sus manos, sus besos y la forma en que me miraba. Como si acabara de descubrir la piedra filosofal, me abrazaba y, para mí, el universo estallaba en un big bang alucinante de colores.
:( quisiera no añorarlo, pues sé que ya nada va a cambiar y tengo que pensar en mi próxima ida a Júpiter...
[Nunca hay que revolver ese pozo fangoso donde dormitan los recuerdos marchitos de los ex)
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